Si uno junta fantasías sexuales y camino espiritual en un título puede dar la impresión de que el artículo que sigue es una suerte de parodia. Quizá si fuéramos hindúes no lo sentiríamos así, ya que sabríamos que la iluminación adviene tras conducir la energía sexual, o Kundalini, hacia la coronilla. Pero Occidente tiene una construcción discursiva diferente en torno al sexo, como también en cuanto a la consciencia y al trabajo espiritual. Y en este artificio muchas veces sexualidad y espiritualidad aparecen como campos separados.
La idea de este post surgió la semana pasada cuando una persona que asistió a uno de mis workshops me “confesó”, en privacidad, que en su trabajo de meditación generalmente era recurrente la aparición de cierto contenido sexual. Lo decía sintiéndose en falta de alguna manera. Avergonzada. Fue así como la actividad de meditación mutó en un círculo de palabra, donde primero tratamos de entender el lenguaje de la consciencia, para poder luego abordar cuál es el lugar de la sexualidad y las fantasías en todo este meollo.
Empecemos primero con la sexualidad.¿Qué consideramos qué es la sexualidad?
Seré rápido, pues este es un post y no un tratado, y diré que la sexualidad es la fuerza interna que busca la reconexión con un estado de unidad. Pensemos en los diferentes objetos predilectos que la sexualidad, vía sensación de placer, reviste en su recorrido evolutivo… Al comienzo el placer está en la oralidad, en la succión del pecho materno, o del dedo, o de cualquier cosa que pueda llevarse a la boca. ¿Qué es este placer sino la sensación de estar unido a algo, la sensación de fusión con algo externo que lo complementa? Más adelante el camino evolutivo tendrá otros objetos, como las propias heces en la etapa anal, el falo, la union genital con otra persona, el orgasmo, etc. El objeto varía pero el placer que ellos producen proviene de lo mismo: la sensación, aunque efímera, de conectar con un estado de unidad.
Si el sufrimiento proviene de la separación, de sentirnos fragmentados, la sexualidad es aquella fuerza que nos conducirá a atravesar este sufrimiento, hacia la sensación de union y totalidad. Ahora bien, cabe destacar que esta fuerza está destinada a la represión. En algún momento la sexualidad, como búsqueda de totalidad, en sus comienzos mayoritariamente encarnada en la armonía con las figuras parentales, va a ser reprendida y sofocada. Inevitablemente va a producirse así el quiebre de nuestra esencia, la desconexión con su fuente inmediata.
Y en esta desconexión va a ocurrir algo singular: por un lado una fuerza volverá a intentar dirigirse hacia la unión, pero por otro lado un aspecto de esa misma energía se mezclará con el miedo y nos conducirá hacia la destrucción y el odio del objeto de amor. En ambos casos, de todas maneras, las imágenes que genera esa fuerza nos darán pistas de aquella escena traumática, nos dirán algo acerca de cómo o donde el flujo espontáneo de nuestra energía vital fue bloqueado.
En esta coyuntura comenzarán a tomar valor las fantasías. Supongamos que antes de aquel conflicto inaugural la sexualidad era más espontánea, fluía naturalmente desde la fuente al destino de placer. A partir de aquel bloqueo una parte de la corriente, cuando empuje hacia la consciencia o la acción, será interceptada. La sexualidad verá así impedido su paso hacia la consciencia. Pero existe un territorio donde aquella energía denegada tiene cierta libertad de manifestarse: las fantasías, aquel dominio intermedio entre inconsciencia y realidad. Aquella parte de nosotros negada va a poder desenvolverse como fantasía, volviendo así a un modo de satisfacción antiguo, casi alucinatorio; un lenguaje arcaico de imágenes y simbolismos.
Saber reconocer y comprender este lenguaje puede ser una gran herramienta en nuestro camino de autoconocimiento.
Pongamos un ejemplo. Recuerdo que un hombre con el que trabajé tenía dos fantasías sexuales predominantes: una platónica, cuyos objetos eran mujeres a las que definía como “inocentes y puras”, y en esta serie insertaba a su esposa, una persona muy dedicada al trabajo espiritual con la que decía tener un “sexo tántrico muy sutil” ; y por otro lado tenía fantasías sádicas recurrentes cuyos objetos eran prostitutas o ninfómanas llevando a cabo un “gang bang” (escena en la cual una mujer mantiene intercambio sexual con un número indefinido de hombres).
Después de atravesar un trabajo personal profundo, en el cual emergieron profundos sentimiento de ira y rabia hacia su madre casi ignorados hasta aquel momento, la persona fue capaz de resignificar y comprender sus fantasías.
Arribó a la conclusión de que sus dos fantasías eran producto de lo mismo: un sentimiento de rechazo hacia su madre (quien en su infancia había abandonado el hogar a raíz de una aventura con un amante). La primera, la idealista, era una construcción que buscaba construir una madre diferente, una madre digna de amar. La segunda, la del gang bang, era una puesta en escena que le permitía canalizar las ocultas mociones de odio y destrucción hacia la figura materna.
¿Quiere decir que hay fantasías buenas, aquellas que buscan unir por medio del amor, y fantasías malas, aquellas que son vehículos de los sentimientos de odio y destrucción?
Desde la visión del trabajo personal no se habla ni de bueno ni malo. Más bien se considera que ambas fantasías (la idealista y la sádica) sólo intentan reparar, a su manera, las heridas propias de las infancia. Y si hablamos de sanar heridas propias no hablamos de amor, hablamos de egoismo (o a lo sumo de auto-amor).
Si el amor es un estado de unidad permanente, la sexualidad será la fuerza que señalará hacia él —hacia el estado de unidad permanente- de acuerdo a lo que necesitamos integrar según el singular nudo de nuestra historia personal.
Aquí es muy interesante el valor del erotismo, aquello que activa nuestra energía sexual. Aquello que nos erotiza siempre tendrá una relación con algún aspecto negado propio que necesita integrarse a la consciencia. Si seguimos con la mirada aquello que nos señala nuestro erotismo nos encontraremos con valiosas pistas acerca de aquello que necesitamos sanar en nuestro camino.
Pero su valor se limita a eso, a señalar los espejos en los cuales podremos observar nuestros conflictos.
Ahora estamos casi listos para abordar la parte mas frígida de este asunto. Porque lo que ocurre es que nadie, por más sexy que sea, podrá sanarte. La relación de pareja, desde una óptica espiritual, es un excelente pasaje. Nos ayuda a integrar, a dar pasos en el amor, nos regala un espejo para observarnos. Nos brinda un oasis de paz, a veces nos da fuerzas, nos otorga confianza. Pero hay un momento en que el único espejo útil será la soledad (el último de los espejos).
Porque el principal espejismo es que nosotros estamos incompletos. Y es aquel embrujo el que nos lleva a buscar afuera, en un otro, esa sensación de unidad perdida. Pero aunque encontremos algo en alguien no será aquello que sin saberlo buscamos. Porque lo que verdaderamente estamos buscando por medio de mil rodeos no es un otro, sino el reencuentro con nuestra propia naturaleza perdida u olvidada.
La única manera de romper ese hechizo de sentirnos incompletos es descubrir en soledad el éxtasis de nuestra verdadera naturaleza.
El Tantra lo muestra más claro. El Tantra no usa la unión sexual (en contexto ritual) para obtener más placer, sino como un medio para alcanzar aquel estado en que verdaderamente no necesitamos de otro para sentir el amor, ese estado de completa unidad, de totalidad. En la culminación tántrica el erotismo termina desvaneciéndose. El Tantra no conduce a un mayor goce sexual, sino al celibato (brahmacharya), a la consciencia del amor cósmico, a la vivencia de que uno, en sí mismo, es el universo entero. Y cuando esto ocurre cualquier fantasía queda obsoleta.


