niño interior

¿Qué es eso del Niño Interior Herido?

Cada tanto una expresión psicológica se pone de moda y los discursos parecen gravitar en torno a ella. En algún momento fue el Edipo, luego la Represión Sexual, más tarde las inteligencias múltiples. Hace ya unos años que siento que se ha puesto de moda una nueva: la cuestión de nuestro Niño Interior Herido.

Generalmente cuenta la historia de nuestra vida desde la perspectiva de la criatura feliz que una vez fuimos. Dice que aquel infante inocente, sensible y travieso sufrió una herida emocional que no fue cicatrizada y que se ha deslizado por los laberintos de la inconsciencia hasta regir nuestra conducta y desiciones en la vida adulta. Seguro que les suena.

No está mal el cuento. Hay algo de razón en todo esto. Pero también hay ciertas coordenadas del asunto que suelen pasarse por alto.

¿Por qué una herida infantil puede ser tan eficiente?

Aquí hay que introducir un fenómeno crucial: lo que diferencia al cachorro humano de las otras especies animales es la extrema situación de vulnerabilidad en la que es arrojado al mundo. Consideren, por ejemplo, el nacimiento de un ternero. Observen como el bebé ternero sale del útero de mamá vaca y se pone de pie y da unos pasos casi al instante de asomarse. Ahora piensen en el parto de un humano. Visualicen el delicado material que es un bebé humano. Hasta los 6 meses, aproximadamente, no puede ni siquiera sostener el peso de su propia cabeza. Hasta el año y medio no puede ni ponerse de pie. El cachorro humano depende de manera exclusiva del cuidado de un otro para su supervivencia. Ese gran y necesario Otro es la clave de nuestra psicología.

Porque lo curioso es que al cachorro humano no le alcanza con que ese otro lo alimente. Nuestra naturaleza es tan singular que precisamos que ese Otro, además de nutrirnos y cuidarnos, nos quiera. Nos quiera o al menos nos preste suficiente atención. Si solamente lo alimentan pero no lo estimulan personalmente se muere. Así de sensible y celosa es nuestra condición.

La relación con el Otro es más compleja de lo que se estima. Hasta los ocho meses, aproximadamente, el niño ni siquiera percibe y se siente como algo separado de nuestra madre, como un ser diferente al otro. Nuestra primera mente es simbiótica, no dual. La madre es una parte más de nuestro YO, tan nuestra como aquel dedo que nos metemos a la boca. Es por eso que cualquier conflicto que ocurra con el Otro en los primeros momentos de desarrollo cobra la mayor de las relevancias.

Vayamos más adelante. Vayamos al ojo del huracán.

Digamos que hay una fuerza que vibra en cada ser humano. Podemos llamarla energía vital, fuerza creadora, o simplemente sexualidad. No importa el nombre, lo importante es que entendamos que esa fuerza tiene una inteligencia propia, y que su libre fluir conduce al niño a buscar y experimentar situaciones de encuentro, de unidad, de alegría, de integración.

Podemos ir más lejos y decir que esa fuerza latiendo en el niño es su verdadera esencia, su verdadero yo (aunque no sea lo que entendemos por un YO individual). Pero el diseño de este circo cósmico incluye una paradoja: es inevitable, casi por defecto de programación, que este flujo de energía encuentre algún bloqueo, alguna represión en su camino.

En algún momento el Gran Otro, por más bueno y riguroso que sea, le va a fallar al sensible cachorrito. Un día el padre va a volver a casa tras un día revuelto y cortará el flujo del niño que no para de gritar y desplegar su emocionalidad desbocada. “Cállate la boca, déjame en paz por favor. No te das cuenta que molestas”. O alguna tarde la madre verá el living enchastrado de toda clase de fluidos y dirá: “Me vas a volver loca. Qué feo es esto. Mira, mira qué feo. ¿Quién hizo esto?”.

El quid de la cuestión es que en algún momento el Otro lo mirará y le hablará de manera inadecuada para su sensibilidad a prueba de humanos. Esto disparará un conflicto inimaginable. El niño que actuó desde su espontaneidad sentirá que algo de su ser, aquella fuerza que emana desde sus adentros, entra en conflicto con otra parte esencial y sumamente importante, el Otro, que también es parte suya y del cual obtiene sensaciones de seguridad y unidad, además de protección y alimento. El niño sentirá el conflicto como algo íntimo que agita todo su ser y amenaza su integridad. Por un lado recibe una orden (“callate la boca”) que es contraria a su esencia espontánea, pero siente que si no cede a esa orden dejará de recibir lo que necesita. En algún momento, por defecto, hay un conflicto entre esa fuerza espontánea, su esencia, y el ambiente (que también conforma su esencia en aquel momento). Este conflicto se instala y tiene que resolverse.

No profundicemos en las distintas resoluciones de este conflicto, sino que seamos directos y digamos que el flujo espontáneo del niño comienza a mezclarse con el miedo y el niño aprende a desarrollar otra estrategia: usar una máscara. El niño comienza a actuar de aquello que los otros demandan (por ejemplo comienza a permanecer en silencio, a inhibir parcialmente su flow de alegría y creatividad). Así descubre que actuando de esa manera recobra lo que en el conflicto sintió desvanecerse (la sensación de unidad o amor), pero inevitablemente de esta forma comienza también a perder conexión consigo mismo, a romper el vinculo inmediato con la fuente desde la cual fluye su espontaneidad creadora.

Al aplazar su espontaneidad  comienza a perder contacto con aquella fuerza natural que nos conduce a integrar lo que necesita ser integrado. Al asociar la fuente de su espontaneidad con la emoción del rechazo, con ese dolor primario de alma encogida, comienza a huir de sí mismo y a perder contacto con aquella fuente de energía que también es su maestro interno y su sanador.

De a poco vamos llegando. Quédense que esto comienza a ponerse bueno.

Esta desconexión con la verdadera fuente de espontaneidad genera un dolor tan profundo que abre un agujero en el ser del niño. La falta de conexión con esa fuente genera una sensación de vacío insondable. Y, asimismo, ese bloqueo a la espontaneidad y asunción de la máscara inaugura una nueva modalidad de satisfacción: el juego.

El canal principal de descarga original está prohibido, bloqueado, pero el agua empuja tanto que comienza a crear nuevas salidas. No son tan eficientes como la original, pero algo drenan, algo descargan, algo de alivio producen. Estas nuevos canales serán las fantasías, esos guiones internos que ponen al niño a jugar a ser algo que no es. Esas cosas que nos hacen ser lo que no somos.

El niño comienza a jugar que es otro. A jugar que es grande, que es famoso, que es una persona reconocida, que es una persona respetada, que es una persona escuchada. Así comienza el exilio de sí mismo. Así se inicia el propio éxodo hacia tierras prometidas extranjeras. Así es expulsado del paraíso, del imposible y poderoso aquí y ahora.

El dolor que genera aquella desconexión es tan grande que algo de nosotros decide olvidarlo. Una íntima inteligencia coloca el recuerdo de aquella vivencia traumática en un lugar alejado de la consciencia. De repente aquella sensación de vacío insoportable queda sepultada en el olvido. Un día nos pusimos una máscara y olvidamos quienes fuimos. El acto psicomágico fue tan eficiente que realmente nos convencimos de que somos esa máscara. No sólo nos convencimos que somos esa máscara que alguien creo para adaptarse a una situación, sino que montamos toda una batería de dispositivos destinados a proteger la creencia de que somos eso. Esos dispositivos también reciben el nombre de mecanismos de defensas. Su función es mantener la atención alejada de aquel abismo de dolor.

¿Pero esta farsa funciona por siempre? ¿No colapsa en algún momento?

Afortunadamente, querido caminante, en este juego no estamos solos. La realidad misma, la misma ingeniería de los fenómenos, se encarga de llevarnos una y otra vez al punto de conflicto. Lo inconsciente es una fuerza que empuja por integrarse. Aquello que fue reprimido no cesa de manifestarse.

¿De qué manera se manifiesta? Por dinámica del inconsciente, aquellos aspectos que negamos en nosotros mismos suelen transferirse en otras personas. Es por esta ley que los demás, especialmente los vínculos más íntimos, producen las condiciones perfectas para que nuestra sombra se refleje en ellos. Si quieres encontrar tu inconscientes no lo busques en algo amorfo y misterioso. Abre los ojos hacia el frente y observa qué te hacen sentir y pensar aquellas personas con la que eliges compartir tu tiempo.

Lo mismo ocurre con las situaciones. Aquello que negamos en nosotros mismos no cesará de producirse en el exterior. Viviremos una y otra vez situaciones similares. Aquel aprendizaje fundamental que necesitamos aparecerá desde afuera como una fuerza ajena que no cesa de repetirse en diversos disfraces para que pueda ser reconocido e integrado. La realidad misma se transformará en una especie de bucle que, con pequeñas variaciones, nos conducirá siempre al mismo lugar, al mismo conflicto. Y aquel conflicto será una matriz, algo desfigurada por la acción del inconsciente, de aquella escena ancestral en la que nuestra espontaneidad fue bloqueada.

Podemos correr y volar, pero en algún momento nos daremos cuenta que estamos corriendo en círculos, que llegamos siempre al mismo lugar o que no estamos llegando a ningún lado. En algún momento nos quedaremos sin nuevas ideas, sin fantasías capaces de tapar aquella legendaria angustia de siempre, aquel íntimo dolor como una boca enorme y negra siempre a punto de tragarnos.

En algún momento el velo de maya vacila y nos preguntamos: ¿Qué pasa? ¿Qué deseo realmente? ¿Quién soy?.

El próximo paso dependerá del grado de represión, del grado de dolor original, de cuánto dolor puede uno soportar. El próximo paso dependerá del karma. Si el dolor no ha sido muy profundo la defensa no será tan fuerte y habrá simplemente un momento en que las aguas se abrirán:

Claro, estoy repitiendo siempre lo mismo”, se dirá. Sigo buscando el reconocimiento de mi padre”. “Sigo esperando una reacción distinta del otro”. “Quiero demostrarle esto a mi madre”. “Quiero vengarme de mi padre”.”Quiero que me pidan perdón”.

Ahí descubrirá que no ha hecho más que estar preso de la melodía de un loop que no tiene más ingeniería que aplazar la gratificación espontánea, bloquear el contacto con el presente para dar pista a fantasías que le devuelven el eco de aquel amor de los otros que alguna vez tuvo y sintió. Aquel amor espontáneo y puro, sin vueltas y sin símbolos. Aquella inteligencia de gratificación instantánea.

No es fácil verlo con claridad en uno mismo. En otros sí, pero en uno mismo no. Uno ha pasado demasiado tiempo en la trampa -es la trampa lo único que conoce-. Uno ha construido muchos símbolos y máscaras. Aquella carga intensa de amor-odio ha sido desplazada a otras personas y nociones abstracta, como los primeros ministros, o los annunakis, o adherida a símbolos abstractos como “el sistema”, “la patria”, o “la existencia misma”. Lo más inmediato es decir: “Entiendo el punto, pero a mi me importa un carajo mi madre. Sí, es particular, pero está todo bien, somos grandes”.

Pero psicológicamente no somos grandes. Si uno mira hondo encontrará la matriz oculta tras la fantasía que uno persigue, tras el auditorio imaginario al que uno habla y dirige su vida. Aquel auditorio fantasmático tiene la forma de la madre, el aura padre, la melodía de voz de aquellos seres de nuestra mitología enterrada. Si uno mira hondo no queda más que sonreír.

¿Cómo se sale de este loop?

El primer paso es comprometerse con una profunda y honesta introspección.

Para comenzar el trabajo puede ser útil tomar consciencia de nuestras propias insatisfacciones, examinar aquellas situaciones o conflictos que activan síntomas de displacer, ansiedad o depresión. El truco es poder observarlo con ecuanimidad, sin prejuicios ni dramas personales. Examinar el conflicto desde la mirada de un extraterrestre que no entiende los códigos humanos. Así, quizá, podremos descubrir algunas pistas sobre aquel momento de nuestra infancia donde se produjo nuestra herida y comenzaron a establecerse una serie de máscaras como medidas compensatorias.

Recuerden que la máscara casi siempre lleva implícito un plan de venganza y redención, por lo cual, para poder visualizarla, vale la pena preguntarse: ¿Hay una parte mía que está buscando demostrarle a alguien alguna cosa? ¿Vivo la vida buscando algún reconocimiento? ¿Cuál es mi fantasía final? ¿Desde cuando busco o necesito tal reconocimiento o aprobación del mundo externo?

Ubiquen esa necesidad de reconocimiento o aprobación exterior. Intenten conectar con la emoción que está detrás de esa necesidad. Puede ser una emoción de vacío, de ira, de culpa, de miedo. Hagan deslizar esta emoción por la técnica la asociación libre y vean adonde los conduce, con qué memorias está conectada, qué material psíquico activa.

El segundo paso es irrealizar nuestro plan. Tomar consciencia de la inviabilidad del deseo, de la forma de su trampa. Por estructura el deseo es tramposo, porque en el mismo hecho de desear nos estamos colocando en el lugar de falta, de que estamos incompletos de alguna forma, y automáticamente fantaseamos la situación en que esa falta o incompletud puede desaparecer. Pero esa incompletud es ilusoria. Nosotros solo vemos su resultado, que son nuestras fantasías, nuestros pensamientos, pero aquel primer movimiento que pone a rodar las piezas en el tablero permanece invisible.

Con esa sensación de falta nos pasa lo mismo que le pasa a los peces con el agua. Estamos tan dentro de ella que no la vemos, no la sentimos.

Por estructura nuestro deseo es siempre deseo de Otro. En nuestra programación seguimos colocando a los otros como nuestros nutridores y sostenes vitales. Así, cuando nuestra máquina de desear está activada, seguimos identificados con un Yo infantil, vulnerable, en el cual el otro reviste un lugar de vital importancia.

Pero la cuestión es que ya no somos ese niño vulnerable. Bien o mal hemos crecido y hemos descubierto que podemos con nosotros mismos y lo que llamamos realidad. Sin embargo en un plano seguimos estacados en la situación de una infinita demanda de amor. Y cada vez que demandamos al otro aquel amor imposible y prehistórico nos colocamos nosotros mismos en el lugar de vulnerabilidad. Quedamos atrapados en ese miedo y dolor más antiguo que nosotros mismos, en esa realidad abismal donde nada podíamos ser y hacer por nosotros mismos.

En el primer paso comenzamos a conectar con nuestras emociones ocultas detrás de nuestros deseos. En este segundo paso nos replanteamos directamente la naturaleza tramposa de cualquier deseo, por más obvios e inocentes que parezcan. Las dos operaciones nos llevan al mismo lugar: comenzar a sentir esa sensación ominosa de carencia, vulnerabilidad y demanda de amor que está detrás de todo aquello que llamamos YO.

El tercer paso es menos detectivesco que los anteriores. Se trata más de hacer y sentir que de entender. La idea es comenzar a integrar sensaciones de unidad, cohesión, totalidad. El camino más llano para conseguir estas sensaciones, y más sencillo para comprender sin entrar en tecnicismos, es aceptar, perdonar y amar a nuestros padres y seres cercanos.

Esto que parece tan simple es verdaderamente difícil, sobretodo en casos en que uno sigue empecinado en querer tener “Razón”, sin ver que esta razón es producto de una idealización del asunto. Ocurre que para el niño, o para nuestra mente inferior que esta anclada en modo niño, los padres no son humanos, son casi dioses, o deberían serlo.

Aceptar y perdonar a los padres es también una manera de trascender este pensamiento mágico de que los padres deben ser perfectos. Es entender que nuestros padres también fueron hijos y niños heridos con sus propios planes de venganza o sus propios modos para apaciguar el dolor y construir su esperanza. Es también llevar el foco hacia nuestra propia vulnerabilidad, nuestra propia necesidad de que los padres sean perfectos. Es hacerse responsable, es dejar de ponerse en modo víctima.

Y lo más importante de todo: el ejercicio de amar e integrar a nuestros padres nos va a poner de frente con todas aquellas mociones de odio y destrucción dirigidas a ellas y hacia nosotros mismos. Muchas veces esas mociones estás ocultas, o están desplazadas hacia otros objetos. De esta forma ahora saldrán a la luz, y si son tramitadas correctamente, nos conducirán a momentos de claridad donde las máscaras se desvanecen en su propia mentira e impotencia.

Finalmente, cuando las mociones de odio y venganza alcancen la consciencia, también advendrá su contraparte, la matriz de amor y unidad que yace y resplandece detrás de aquellas reacciones. Esto también suele ser más revelador de lo que se piensa. Pues por alguna razón nos olvidamos que en el fondo sólo queremos amar y ser amados.

El último paso del proceso de sanación es la desidentificación. Este es el paso más tedioso. El proceso no termina por arte de magia por el sólo hecho de saber, de ser consciente. Sino que para sostener esa sensación de unidad es necesario llevar a cabo el constante trabajo de desarmar el automatismo inconsciente. Es un trabajo de paciencia, compromiso y entrega.

Muchas veces nos chocaremos con estímulos que activarán nuestros legendarios circuitos de reacción, rechazo e insatisfacción. Debemos estar atentos para observarlos con ecuanimidad y no volver a reaccionar, no volver a identificarnos con nuestro niño herido.

El éxito de este trabajo será proporcional a nuestra propia capacidad de sentir y conectar con la unidad, la armonía y la totalidad en nosotros mismos. No es sólo facultad de comprender la sombra, sino más aún capacidad para sentir y reconocer la luz.

En algún momento del trabajo, por azar o gracia divina, suele acontecer, en menor o mayor grado, el fenómeno imposible de expresar de unión mística, en el cual, súbitamente, el hombre experimenta la certera sensación de unión de su alma con el Todo. El grado en que podamos acceder a esta vivencia definirá nuestra tendencia a seguir identificándonos o no con referencias externas.

El paso final es entregarnos al Flow de nuestra espontaneidad. Una vez que nuestro encuentro con la vida no produce reacciones podemos volver a conectarnos directamente con la fuente de nuestro ser, aquello que surge espontáneamente y nos brinda felicidad y alegría sin simbolismos ni postergaciones. Poder sostener la conexión con esta fuente inagotable será la llave al universo que late bajo nuestros párpados.

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