Este post surge en el contexto de un Workshop realizado hace unas semanas en Barcelona sobre Mindfullness Integral. Allí, después de compartir experiencias sobre los inicios de la práctica meditativa, surgió la pregunta sobre las similitudes y diferencias entre el budismo y el psicoanálisis.
Aquel día pude haber sido directo y decir simplemente que el budismo es un camino espiritual para alcanzar la iluminación y el psicoanálisis un discurso terapéutico que se pretende científico. Pero no fue ese el caso. Aquella tarde no fui directo. Aquella tarde quise jugar con las palabras.
Este post es la continuación de aquel diálogo que quedó inconcluso. No pretendo responder ni llegar a ninguna conclusión, solamente estirar el juego con los conceptos sólo un poco más.
Similitudes entre el Budismo y el Psicoanálisis
Entre las varias similitudes que observo entre budismo y psicoanálisis, hoy voy a mencionar sólo las tres que se me antojan más cruciales en este momento.
La noción de Yo
Tanto el Budismo como el Psicoanálisis equiparan al “Yo” como algo carente de sustancia o realidad propia, algo meramente especular e imaginario. Una suerte de ilusión óptica que tiene la función de una prótesis, de brindarnos una imagen de completitud a la cual identificarnos para obtener cierto orden o sensación de unidad en una realidad puramente fragmentaria, caótica e impermanente. Una realidad fuente de angustia al aparecerse al sujeto como algo imposible de ser anticipado o controlado.
El “Yo” para el psicoanálisis y el budismo es el lugar de la mentira. Por eso mismo ambas doctrinas crean técnicas, como la meditación y la asociación libre, donde se busca una retirada del dominio del yo, donde se propicia una experiencia donde se visualiza como el Yo tropieza, como el Yo miente, como el Yo es algo insustancial, no localizable, impermanente.
Esta idea de NO-Yo ha sido también para ambos discursos la cuota de originalidad, lo que los ha diferenciado de otros discursos de sus tradiciones. En el caso de budismo será la idea de no-yo (anatta), la no existencia de algo así como un alma individual, lo que marcará su limite con la tradición brahamánica de su época. Y en el caso del psicoanálisis, será esa idea de un yo determinado por fuerzas que lo exceden y que él mismo desconoce aquello que lo separará de todos los discursos de la modernidad occidental, que salvo excepciones como Hume, estaba construido en la posibilidad de un Individuo libre y autónomo, sede de la razón y la luz.
Deseo como trampa y causa del sufrimiento
La idea de que la causa del sufrimiento es el deseo constituye la segunda noble verdad del budismo. Pero la reprobación del deseo budista no debe confundirse con algo moral, una reprobación de los placeres, como ocurre en versiones occidentales, sino con algo más práctico. El problema del deseo es que no existe la satisfacción. Si forzamos una analogía podemos decir que para el deseo humano no existe algo que calce perfecto como el zapato de cenicienta en las manos del príncipe. No existe la tuerca perfecta para nuestro tornillo. La satisfacción del deseo se evapora inmediatamente, y de esta forma el apego a nuestro deseo sólo conduce a perpetuar el estado de deseo, la sensación insatisfacción crónica.
Si bien suena algo pesimista es una realidad enteramente observable. ¿Cuánto tarda la sensación de placer y satisfacción una vez que obtenemos aquello que deseamos? Estudios recientes demuestran que esa sensación de placer al alcanzar un deseo, aquel subidón de dopamina, no dura más que un tercio de segundo. El problema del deseo es la impermanencia. El problema de deseo es que es una trampa que no conduce a otra cosa que no sea perpetuar ese estado continuo de falta en ser, de insatisfacción ontológica.
El psicoanálisis explica de manera muy similar la verdad última del sufrimiento neurótico. El problema es que el objeto de deseo, aquello que nosotros anhelamos, está perdido, no existe. La vida es un rodeo para recuperar algo que está perdido en el tiempo. Y lo mejor que podemos hacer conduce a cierta resignación, a ser menos idiotas, menos necios, asumir la falta y al menos no sufrir por fantasmas inexistentes.
Determinismo Inconsciente
Aunque el “Yo” sea menos sustancial de lo que pensamos no quiere decir que lo que gobierna es el mero caos y el azar, sino que podemos afirmar que todo fenómeno psíquico está condicionado. Es decir: toda exteriorización psicológica tiene una causa, nada sucede al azar.
En el psicoanálisis se hablará de determinismo inconsciente, haciendo alusión a que pensamiento o idea que surge lo hace por motivación del inconsciente. La técnica de asociación libre no es más que una comprobación de esa asunción. Si ponemos a nuestro pensamiento a fluir sin inhibiciones llegaremos, más temprano que tarde, a la matriz de algún complejo inconsciente.
Este inconsciente que determina nuestra vida anímica y nuestras elecciones tiene que ver con deseos, memorias y acciones que van más allá de lo que entendemos por nuestro yo consciente. Depende de qué escuela de psicoanálisis estemos hablando, este inconsciente tendrá que ver tanto con los complejos reprimidos y traumas de nuestra primera infancia (Sigmund Freud), con el deseo de nuestros ancestros y la estructura del lenguaje (Jacques Lacan), o por símbolos universales y tendencias estructurantes de la mente humana (Carl G. Jung).
Para el el budismo el determinante de los pensamientos y acciones será el Karma. El Karma también está vinculado tanto con acciones pasadas de nuestra vida, como la de nuestros ancestros y hasta de la humanidad entera. Este bagaje de reacciones nacidas de la ignorancia, el apego y el no reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza búdica es todo el lastre que tenemos que limpiar y liberar para despertar nuestro Ser. Este karma será asimismo el mismo patrón reencarnable que nos mantendrá atados al ciclo de nacimientos y sufrimientos del samsara.
¿Y las Diferencias?
Ahora llegó el momento de diferencias. Es aquí donde se me aparecen miles de criaturas provenientes de distintos planetas que intentan comunicarse entre ellas con gestos desquiciados. Pero saldré de mi propio fango y me atreveré a decir algo.
La principal y más obvia diferencia radica en el mismo BUDA. En psicoanálisis no hay un Buda. La psicología occidental no tiene un héroe. Los contenidos del psicoanálisis se basan en el trabajo con neuróticos banales o psicóticos. La teoría proviene casi exclusivamente de la psicopatología. No hay santos o modelos positivos, hay enfermos.
Este aspecto de psicopatologización de la teoría la observé claramente cuando estudié psicoanálisis de niños, la escuela inglesa de Melanie Klein. No quiero discutir la validez de las observaciones (muy interesantes, por cierto), sólo detenerme en el lenguaje que la doctora Klein eligió utilizar para describir la subjetividad infantil. A primera vista parece un bestiario: Esquizoide, Paranoide, Reparación, Posición Depresiva. En ningún momento se hace referencia a una terminología armónica y bella para describir aquellos “samadhis” que cualquiera puede sentir cuando observa a un niño sonriendo ensimismado en el universo.
Voy a ser súbitamente subjetivo, ¿pero han observado a un bebé? Con solo verlos uno lo siente la belleza y la armonía. ¿El psicoanálisis dice algo acaso de aquellos instantes de presencia absoluta? ¿De sensaciones oceánicas de unidad con el universo? ¿Hemos estudiado acaso el éxtasis?
Freud jamás estudió a un meditador o a una persona con facultades de trascender lo que entendemos por neurosis banal (lo más cerca que estuvo de presenciar algo más allá de la neurosis fue hablar con Carl Jung sobre fenómenos parapsicológicos, y casi muere de un infarto en aquella ocasión al oír la biblioteca crujir y la realidad descoagularse). Si diría algo de la fenomenología del éxtasis sería algo así como regresión narcisista (el mismo nombre que un trastorno).
En oriente existe una tradición de 2500 años en el entrenamiento de la mente y en el estudio de la propia fenomenología de la trascendencia de la realidad ordinaria. Actualmente, sin ir más lejos, existen 6 millones de ascetas sólo en India dedicados exclusivamente al trabajo de la auto-realización. No es necesario incurrir en la fe para considerar experiencias más allá de lo que en occidente llaman razón. Desde niños en Oriente hemos presenciado fenómenos y personas que dan cuenta del gran poder de la mente. Es una obviedad para nosotros que en esta existencia ocurren fenómenos más allá del velo de lo aparente.
El psicoanálisis es muy joven. Aún hasta la cuestión misma del fin de análisis es un área problemática. Freud dijo que por más que uno avanza siempre se llega a un límite, al que llamó la roca de la castración. Me hubiese encantado que Freud charlara un rato con mi maestro. Le hubiera dicho que antes de afirmar semejante condicionamiento probara, al menos, pasar una noche sentado bajo un árbol sin moverse para ver que ocurre con esa roca.
Jacques Lacan, quien recicló el psicoanálisis de una manera muy creativa, resolvió el tema del fin de análisis de una manera muy audaz. El tope no es la roca viva de la castración, sino el vivenciar y atravesar la inexistencia de un gran Otro, la inexistencia de un lugar de garantías, la inexistencia de un lugar de certezas y sabiduría en nuestra vida. Al irrealizar la idea de que en el exterior hay “Alguien que Tiene y Es todo lo que Yo No Tengo Ni Soy” (el Gran Otro) el sujeto deja de buscar, demandar y pelearse con el afuera y se hace responsable de su vida y sus elecciones.
Lacan llega a la puerta del portal, al sitio donde comienzan a gestarse las otras dimensiones, pero queda ahí. Elige señalar la puerta y no decir más. Y está bien, ese fue su aporte. Para ir más allá tendría que haberse postrado a meditar bajo un árbol y no seria Lacan (y seria una lástima para la humanidad que no existiera Lacan)
El Sujeto de la Iluminación
Queda la cuestión pendiente de, al menos, formular la posibilidad de los siguientes interrogantes: ¿Hay mas allá de la neurosis samsárica? ¿Hay fenomenología mas allá del fin del análisis? ¿Qué ocurre cuando uno sostiene la inexistencia de un otro? ¿Qué sucede cuando uno irrealiza su propia fantasía y continúa hacia el vacío?
Freud dice algo también con respecto a un posible más allá de la mente del individuo. Habla de material filogenético de la especie, pero prefiere no meterse (y esta bien, tendría que haber tenido otra vida para eso, y después de todo para eso estaba Jung).
El sujeto mas allá del ego, aquel sujeto que observa al ego, aquel Testigo que nunca se muestra en la meditación, se convierte en el budismo en sujeto de la iluminación. Aquel sujeto es lo que Suzuki llamó el punto de subjetividad absoluta. Este sujeto es una abertura, un agujero, un abismo.Y también es un portal. Si sostenemos la consciencia en aquel límite seremos testigos de una corriente que marea al ego y agita las formas hasta disolverlas. Chau cuerpo, chau ojos, chau rocas. Chau demonios, chau dioses. Aquel sujeto es el punto al que hay que seguir para ver adónde nos lleva —si es que nos lleva a algún lado—.
Hay fenómenos mas allá del samsara. Hay una fenomenología exquisita cuando se comienza a sostener que no hay un Otro. Sólo hay que aprender a aterrizar en lo real. Y la meditación no es más que eso: aprender a aquietarse en lo que es.
Integración
Están pasando cosas en el mundo Psi. Así como es innegable el avance de la farmacologización del Ser, también hay que ver la parte de los chicos buenos en todo esto. Cada año se está viendo una mayor integración entre las enseñanzas budistas y disciplinas académicas. A la fructífera relación de hace ya varias décadas entre la física cuántica y la sabiduría de oriente, en los últimos años se ha añadido las neurociencias a este coqueteo. Y el vínculo entre el budismo y las neurociencias ya ha engendrado dos criaturas: el mindfullness (el hijo sobrio y virginiano del budismo) y la doctrina del cerebro holográfico de Karl Pribam (el hijo acuariano).
Los tibetanos, por su parte, también hace rato que bajaron de los Himalayas y se están dejando ver, oír y hasta medir en su propósito de llevar el budismo al mundo. Las universidades están comenzando a ver, tras la avalancha de investigaciones con resultados increíbles, que hay algo en el misticismo que funciona. Si bien esto no se traduce en un consideración en el diseño de los programas académicos (monopolio casi exclusivo de la psicología conductual de la normosis), hay motivos para la esperanza. Después de todo, el intercambio es algo muy reciente y novedoso.
Por mi parte puedo compartir con vosotros que veo casi clara la posible integración. El psicoanálisis me sigue pareciendo extraordinario para describir y comunicar los laberintos del deseo. Especialmente para darle a la lógica del deseo una escenificación teatral, más humana, más bajada a la calle, más cocinada en casa.
El budismo señala la lógica del deseo, pero de sus formas y trucos no habla. Buda dice que el deseo es sufrimiento y punto. Siddharta no habla de su madre y su padre. Aunque toda su historia es un perfecto edipo más edípico que el propio Edipo, él afirma que para los rodeos y formas del deseo no hay tiempo, que el hombre acarrea una herida mortal y no hay tiempo para ponerse a dar vueltas en el mundo de los rostros y las caricias.
Pero, amén del Buda, a mi se me hace que en una sociedad como la de hoy el psicoanálisis y la psicología tornan mucho más sencillo el proceso de purificación necesario para entrar en las dimensiones más sutiles a la que conduce la meditación. Entender que nuestro Samsara, nuestro inconsciente personal, tiene el aura de la madre hace más corto el camino hacia la disolución del ego, o hacia su objetivización. En mi caso me sirvió mucho atravesar mi análisis, recorrer mi propio mito en toda su singularidad (Ver post “El Niño Herido“), para entregarme de lleno a la meditación, para caer de rodillas en la naturaleza de la mente.
El budismo recoge la posta que entrega el psicoanálisis exhausto. Ahí donde el psicoanalista no puede hacer más que callar, el maestro budista te pega un bastonazo, te susurra algo sin sentido y te pone a meditar. Me parece una unión interesante. Primero hay que aprender a limpiar la casa, para luego convocar al relámpago y hacerla estallar.
Convocar al relámpago, Ser el relámpago y bancarse la luz.


